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viernes, 14 de noviembre de 2025

Ser la flor que huele

En abril de 2015, poco después de la muerte de Eduardo Galeano, el periódico “La Jornada” publicó el artículo “Eduardo Galeano: los inmoribles”, firmado por la periodista y escritora argentina Stella Calloni. En esas líneas, Calloni evocaba al escritor uruguayo que desafió y denunció las narrativas que pretendían homogeneizar la vida. Galeano fue una voz insumisa frente al discurso único de la globalización, cuyos textos se oponían a la uniformidad del pensamiento. En una de las entrevistas que Calloni le hizo, el autor de “Las venas abiertas de América Latina” advertía con claridad que “nunca el mundo había sido tan desigual en las oportunidades que ofrece, al mismo tiempo que se vuelve cada vez más igualador en las ideas y costumbres que impone”. Era, decía, “una paradoja terrible que retrata el fin del siglo de no muy amable manera, donde se nos obliga a pensar todos iguales, a vestir todos iguales, a comer las mismas cosas. Incluso se ha ocupado el lugar de las comidas locales”. Y añadía: “Yo creo que hay que estar a favor de la autodeterminación en las comidas, como en todo, porque las comidas locales son una de las energías culturales más poderosas que los países contienen”. La cita, leída hoy, no solo es una reflexión sobre la pérdida de diversidad cultural: es también una alerta sobre el riesgo de olvidar quiénes somos. “La gran uniformadora de costumbres es la televisión”, concluía Galeano, “que nos lleva a no pensar con nuestra propia cabeza, a no sentir, y nos hace incapaces de caminar con nuestras propias piernas”. Mientras releo esas palabras, recuerdo que he tenido el privilegio de caminar por las calles de Buenos Aires, escuchar el rumor de las cataratas del Iguazú donde Argentina se asoma a Brasil y Paraguay, y recorrer una parte de Uruguay, Chile y Perú en compañía de Eric y Luzma. En esos viajes aprendí que la identidad latinoamericana no se sostiene en los discursos oficiales, sino en los gestos cotidianos: el saludo compartido, los sabores que atraviesan las fronteras con nombres distintos pero con la misma raíz: el maíz o el choclo, los frijoles o los porotos. Sin embargo, me sigue sorprendiendo lo poco que nos reconocemos entre nosotros. Los países latinoamericanos estamos muy cerca y, sin embargo, muy lejos. Las fronteras culturales parecen más sólidas que las geográficas: basta entrar a una sala de cine mexicana para notarlo, entre decenas de pantallas, apenas una proyecta una película nacional, y su permanencia será, acaso, de una semana. Las demás difunden historias ajenas con voces que no nos nombran. En la radio ocurre algo parecido: encontrar música latinoamericana es casi una tarea arqueológica, mientras las canciones del norte del Río Bravo inundan las frecuencias con su constante presencia. En el sur de la Ciudad de México, que algunos conocen como “los suburbios”, las avenidas están llenas de franquicias idénticas: McDonald’s, Kentucky Fried Chicken, Domino’s Pizza, Krispy Kreme, Little Caesars, 7-Eleven y numerosas tiendas Oxxo. En ellas nunca se refleja nuestra manera de comer y de consumir, el modelo se caracteriza por la prisa y la seducción de lo fácil. Galeano tenía razón: también en la mesa hemos perdido la autodeterminación. El gusto se ha vuelto importado y uniformado. Ya no comemos lo que somos, sino lo que se nos dice que debemos desear. Y mientras eso ocurre, en el terreno político se anuncia que Trump, ha declarado que su país está “en guerra” contra los cárteles del narcotráfico latinoamericanos y voces de la derecha de esta zona del mundo —con total perversidad— piden su intervención. En medio de esa vorágine mediática que se ha ocasionado, muchos pierden la brújula: ya no saben con qué país identificarse, ni qué historia defender. La globalización prometió acercarnos, pero lo que hizo fue disolver nuestras identidades. Conviene recordar entonces que Américo Vespucio llamó “La cuarta parte del mundo” al entonces desconocido continente americano. América Latina, desde México hasta la Patagonia, abarca más de nueve millones de millas cuadradas, un territorio más extenso que Estados Unidos y Canadá juntos. Pero lo verdaderamente vasto no es su geografía, sino su cultura. Somos herederos de civilizaciones que veneran la tierra y la palabra, que cultivaron el maíz, la música y la memoria. Y es urgente tomar conciencia de esa herencia, defenderla con la misma fuerza con que Galeano promovió la dignidad de los pueblos. Por eso vuelvo a sus palabras, a su desafío: “No le pido que describa la lluvia —escribió— aquella noche de la visitación del arcángel: le exijo que se moje. Decídase, señor escritor, y por una vez al menos sea usted la flor que huele en vez de ser el cronista que aroma.” En tiempos donde la uniformidad amenaza con borrarlo todo, atreverse a oler, a saborear, a hablar con voz propia es el más simple y el más valiente acto de resistencia.

martes, 25 de enero de 2022

Ricarda y los rituales de la muerte en Chihuahua

Por Teresa Carreón

Publicado en la Revista Funerarias Digitales. Número 3 del mes de enero de 2022.

 En el Rancho Santa María II, en el estado de Chihuahua, fueron localizados unos restos humanos muy antiguos, de hace 3,000 años, registrados hasta el día de hoy que los ubican para el período Arcaico Tardío/comienzos de la agricultura. Debido a que dicho hallazgo muestra el 80% del esqueleto de un individuo subadulto con características morfológicas de crecimiento óseo correspondientes con un rango de edad entre los 10 y los 14 años, de entre 1.20 m y 1.40 m de altura y perteneciente al género femenino, se le llamó “Ricarda”. Su muerte se registró en alrededor de 1260 a. C. por causas desconocidas, pero el hecho de haber sido encontrada en posición fetal indica que fue cuidadosamente depositada y que pertenecía a una comunidad que se preocupaba por el descanso final de sus miembros. 



          Por las características de sus dientes, se sabe que Ricarda consumió una dieta de granos y semillas recolectadas en la región; las marcas moderadas de estrés músculo-esquelético indican que perteneció a una comunidad cazadora-recolectora que comenzaba a experimentar con la práctica de la agricultura. Por ende, el estudio de sus huesos permitió deducir que sus labores cotidianas fueron el acarreo de agua y madera, realizó largas caminatas o manufactura de alimentos con el uso de metate, tuvo una dieta moderada en proteínas de origen animal, frutos y verduras. Sin embargo, el análisis no pudo determinar la causa temprana de su muerte. 

          El entierro de Ricarda fue identificado durante la recolección de material de superficie. La parte del sitio donde se hizo el hallazgo presentaba grandes grados de erosión, lo que no permitió la identificación del hueco o pozo donde fue depositado. El entierro se localizó en posición de decúbito dorsal flexionado izquierdo y no había material u ofrenda de acompañamiento, y si lo tenía y era de material orgánico, ya no se localizó. 

          El trabajo arqueológico permite reconstruir las formas de vida antiguas. Se localizó, identificó, analizó y dedujo la información anterior de Ricarda, lo que otorga un mayor conocimiento de nuestros antepasados más antiguos, sus costumbres, su dieta, sus ritos. 

          Dada la existencia de yacimientos arqueológicos en los que se han encontrado huesos humanos aparentemente colocados aposta, se ha planteado que nuestros ancestros sí podían entender que era la muerte. Los investigadores Peter Metcalf y Richard Huntington afirmaron que la muerte es universal, sin embargo, las reacciones ante ella no lo son. La muerte es una idea abstracta, es comprender que es un fenómeno irreversible, que quien se muere se va para siempre. 

          El no haber encontrado ofrendas con los restos de Ricarda no garantiza que no hubiera un ritual, ya que la posición en que fue encontrada da cuenta de ello.  El ajuar es indicador de un pensamiento ceremonial, de dejar cosas al muerto para que se las lleve al otro mundo. 

          Desde tiempos remotos estas prácticas han evolucionado a la par de la humanidad y se han adaptado a los cambios de las distintas civilizaciones convirtiéndose en parte importante de sus tradiciones. En la actualidad, muchos indígenas de México preservan prácticas rituales ancestrales con su respectiva adaptación al mundo en que se vive; entre ellos se encuentran los rarámuri o tarahumaras, quienes en el ritual de “subir al cielo” a sus difuntos, realizan un acto solemne que alude a sus tradiciones y a su concepción sobre el mundo de los muertos. 

          Para el rarámuri la muerte debe ser aceptada con serenidad porque obedece al llamado que realiza “el de arriba”. Carl Lumholtz descubridor y etnógrafo noruego, especialista en la cultura de Aridoamérica en México, afirmó en 1904 que cuando fallece un individuo a pesar de todos los esfuerzos del curandero por salvarle, los indios dicen que se va porque lo han llamado o se lo llevan los que se han ido antes. 

          El día que fallece, la persona es velada toda la noche por la comunidad muy en paz, muy tranquila, sin grandes expresiones de dolor y con mucho respeto. Al día siguiente, cuando se le lleva a enterrar, antes de sepultarlo, la familia le encarga a una persona con experiencia –porque no puede ser cualquiera, sino alguien que sepa hacerlo–, que se encargue de celebrar el ritual para ayudar al muerto a “subir al cielo”. Esta tarea la realiza el owilúame o curandero, quien inicia rociando pinole batido en la fosa y un poco sobre el cuerpo antes de cerrar la caja. 

          Todavía a principios del siglo xx, de acuerdo con la tradición oral compartida, se envolvía el cuerpo en una cobija, pero por disposición de la municipalidad tuvieron que empezar a utilizar el cajón, el cual permanece abierto hasta el último momento para que los parientes puedan colocar agua, pinole, los huaraches, sus cosas para el camino. Antes no sepultaban a sus muertos en cementerios, sino que lo hacían en cuevas o lugares que consideraban sagrados. Se creía y se sigue creyendo, que las cuevas son conductos de comunicación con el otro mundo. 

          Respecto al sentido tradicional que tiene la práctica de colocar piedras sobre las tumbas, es para que el peso de estas impida que el muerto escape, persiga, asuste o cause alguna enfermedad a los deudos. Por eso, tampoco se llora a los muertos, pues existe la creencia de que el muerto podría llevárselos. 

          El acto de la muerte es uno de los pasos más trascendentales, pleno de significado extraordinario, entre el conjunto ritual de las tribus cazadoras-recolectoras como a la que perteneció Ricarda, pero lo seguirá siendo posteriormente entre las comunidades sucesivas, aportando un ceremonial más sofisticado, unido íntimamente a unas creencias más elaboradas. 

 

Fuentes: 

1.- “Un entierro del Arcaico chihuahuense”. La vida en los albores de la agricultura. Gallaga Murrieta, Emiliano y Villa Zamorano, Moisés. Revista Arqueología Mexicana. Noviembre – diciembre de 2021. Vol. XXVIII, num. 171. 

2.- Subir al cielo: Ritual funerario rarámui. Sánchez, Salvador y Rangel, Efraín. Enhttps://elibros.uacj.mx/omp/index.php/publicaciones/catalog/download/60/52/587-1?inline=1 

jueves, 3 de junio de 2021

El Mictlán

EL MICTLÁN

 

Por Teresa Carreón

 

¿A dónde iremos

donde la muerte no existe?

Mas ¿por esto viviré llorando?

Que tu corazón se enderece:

aquí nadie vivirá para siempre.

Aun los príncipes a morir vinieron,

hay incineramiento de gente.

Que tu corazón se enderece:

aquí nadie vivirá para siempre.

 

Nezahualcóyotl (¿A dónde iremos?)[1]

 

Según la tradición mexicana, los fallecidos de muerte natural no se iban al cielo o al limbo, se iban al Mictlán, una especie de inframundo conocido como la ‘Tierra de los Muertos’, que implicaba un largo y peligroso viaje para las almas en busca de su último lugar de descanso. Es una cosmovisión de creencias nahuas referidas al espacio y al tiempo, estructurando un universo en parcelas o regiones determinadas por unas fuerzas vivas. Los caminos que tomaban las almas de los muertos no dependían de su comportamiento en vida, si no por el tipo de muerte que se tuviera y la ocupación que en vida habían tenido las personas

 

Fray Bernardino de Sahagún, considerado el “primer antropólogo de América” recolectó información en las fuentes de testimonios de ancianos indígenas y detalló cuatro lugares de permanencia de los descarnados: a Tonatiuhichan (la casa del sol) iban los guerreros que habían muerto en combate o en la piedra de los sacrificios. Las mujeres muertas en parto iban al paraíso llamado Cincalco (la casa del maíz). Los que morían ahogados, por un rayo o de alguna enfermedad que se consideraba relacionada con los dioses del agua, iban al Tlalocan (paraíso de Tláloc). Los que no tenían el privilegio de haber sido elegidos por el Sol o Tláloc se iban al Mictlán.[2]

Mictlán significaba para los antiguos mexicanos ‘En la región de los muertos’. Los que fallecían de muerte natural tenían que cumplir diferentes pruebas en compañía de un perro que era incinerado junto con el cadáver de su amo; atravesarían el sitio conformado por nueve planos extendidos bajo la tierra y orientados hacia el Norte. 

Sahagún nos dice que pasaban cuatro años antes de llegar a las estancias definitivas. Los deudos humedecían la cabeza del cadáver y le daban un jarro con agua pues debía pasar duras y penosas pruebas: atravesar entre dos montes que chocaban uno con otro, transitar un camino donde estaba una gigantesca lagartija verde, dejar atrás ocho páramos fríos y solitarios, pasar ocho cerros cimentados por filosos pedernales, desafiar un enérgico viento, atravesar por donde la gente es flechada, cruzar un lugar donde furiosos jaguares abren el pecho del muerto para comerse el corazón, entre otros.

Habiendo superado todos los obstáculos, el difunto ya podía atravesar un ancho y caudalosos río montado en su perro. Al otro lado se presentaría ante Mictlantecutli (Señor de la muerte) y Mictecacihuatl (Señora de la muerte), quienes regían y administraban el Mictlán. 

En la “Historia general de las cosas de la Nueva España” de fray Bernardino de Sahagún podemos leer que “…al tiempo que se morían los señores y nobles les metían en la boca una piedra verde que se dice chalchihuitl; y en la boca de la gente baja, metían una piedra que no era tan preciosa, y de poco valor, que se dice texoxoctli o piedra de navaja, porque dicen que la ponían por corazón al difunto…”.

Se afirmaba que el Míctlan era un lugar espacioso, oscurísimo, sin luz ni ventanas, de donde no se sale ni se puede volver. Según el Dr. Garibay[3], diversos autores lo han definido como "lugar de dañados": Mictlantli, o "Casa de la oscuridad": Y oa ichan, "Casa de la noche" yoalli ichan; región del misterio: Quenonamican, donde están los descarnados: Ximoayan.

 

Los Señores del Míctlan tenían como mensajeros al tecolote y la lechuza, ambos considerados como aves de pésimo agüero para los enfermos graves pues les presagiaban la muerte. Algunos códices ilustran el tema con reproducciones del templo de Mictlantecuhtli, en cuyo sitio principal está entronizado un tecolote, tal vez como nahual de la deidad. Este mensajero iba y venía al infierno y por esto le llamaban: Yaotequihua, que quiere decir mensajero del dios y de la diosa del infierno y la caja o ataúd del muerto era mikpetlakali.

 

Entonces, en el México actual se puede considerar que el Mictlán era el sitio de descanso de algunos muertos, sin importar el estrato al que pertenecieran.

 

 

 


 

 

 

 

 



[1] Martínez, J. L., Nezahualcóyotl. Vida y obra. Fondo de Cultura Económica, Lecturas Mexicanas 39, p. p. 211. 1972. México

[2] Caso, Alfonso, El Pueblo del Sol, México, 1961, Fondo de Cultura Económica, p.p. 78 a 83.

[3] Garibay K.: Historia de la Literatura Náhuatl, T. I. Ap. 6, pp. 195·96

 

jueves, 21 de mayo de 2020

Poema de Irma Pineda en el idioma de la gente nube

Con una delicadeza excepcional, esta poeta zapoteca retrata las maravillas y los dolores que acontecen en su comunidad.

Cándida

Jñaa bichiá neza lua’
ni rini’ ca beleguí ca
Gudaa ndaani’ diaga riuunda binnizá
Biluí’ naa ca lana ni ricá lu la’ya’
bisiidi naa guiquiiñe’ aju lu guendaró
cuaa bia’ya’ ni nanaxhi ne canela
qui gahua ni naí’ pa ca cayete ndaane’
qui guidxibe’ pa xidxilaa ique yoo dexa
ra gaca xu
Laabe rului’be naa ni qui ganna’
Xisi qui ñuu dxi ninabadiidxa’ jñaa
xi naca guendanabani
ora dxuguiiba’ chiné xheelalu’
Xi naca gudxiilulu’ ca dxi ca
ne xizaa nandaca ñeelu’ ra canazou’
Xi ne diidxa’ gabilu’ ca xhiiñilu’
xiinga “binni que guidxela”
Xi ne xigaba’ riuu bia’ ni que guinni
ca dxi nacahui ca
Xi ganda guzeeteneu’ guirá la
ca guidxi ni guzalu’ cuyubilu’ ti lu
guirá ca binniguenda guni’neu’ ti gului’ca lii
paraa guidxela ti binni zinecabe laa
**
Mi madre descifró para mis ojos
el lenguaje de las estrellas
Depositó en mis oídos los cantos de la gente nube
Me enseñó los signos de mi nombre
A usar el ajo en la comida
a medir el dulce y la canela
a evitar el limón cuando viene la regla
a no temer el crujido del techo de madera y teja
cuando la tierra tiembla
Ella resolvía las dudas
Pero nunca le pregunté a mi madre
cómo trascurre la vida
cuando los soldados se llevan al marido
Cómo se enfrenta lo cotidiano
con la incertidumbre tras los pies a cada paso
Con qué palabras se explica a los hijos
qué es “un desaparecido”
Con qué unidad se mide la ausencia
los días oscuros
Cómo nombrar de un solo golpe
las ciudades recorridas buscando un rostro
los espíritus consultados para tener indicios
de dónde encontrar a un desaparecido

En: https://masdemx.com/2019/05/irma-pineda-poeta-zapoteca-poemas-poesia-indigena-contemporanea/

jueves, 11 de junio de 2015

CUENTO NASCA "EL COLIBRÍ Y LA LLUVIA"

La tierra se ha secado. Con la ayuda de Pachamama, Colibrí intenta aplacar la sed de sus pichones. Cultura Nasca, Perú.

CUENTO NASCA "EL COLIBRÍ Y LA LLUVIA"
EXCELENTE VIDEO MUSICAL INFANTIL
Publicado en Youtube por Tikitiklip
La tierra se ha secado. Con la ayuda de Pachamama, Colibrí intenta aplacar la sed de sus pichones. La serie invita a los niños a un viaje a través de las culturas originarias americanas.
Créditos:Producción Ojitos Producciones
Dirección de Alejandra Egaña y Paz Puga
Letra de Anna Witte
Historia original de Alejandra Egaña y Paz Puga
Música de Miranda y Tobar Canta Gepe
Ilustraciones de Vanessa Brown
Asesoría Arqueológica de Museo Chileno de Arte Precolombino

lunes, 11 de mayo de 2015

Poki y Taki. Cultura Moche, Perú



Cada tarde Poki y Taki se juntan a conversar. Sin embargo, una tarde Poki no acude al encuentro. Canta Manuel García. Cultura Moche, Perú.

jueves, 23 de abril de 2015

MEMORIA POR CORRESPONDENCIA, de Emma Reyes




Lo recomienda: Marta del Riego, redactora jefe
Esto no es una recomendación. Es la historia de un enamoramiento. Yo pensaba hablar de Medianoche en el Jardín del bien y del mal (ed. Random House), sí, la obra en la que se basó la película de Clint Eastwood, las aventuras de un periodista en el profundo sur de EE UU, en Savannah, sus cantantes folk, sus travestis y sus familias patricias habitando palacios decadentes.
Pero entonces llegó ella.
Y devoró todo lo anterior.
Ella es Emma Reyes (1919-2003), y su libro, Memoria por correspondencia (ed. Libros del Asteroide).
Ella es una célebre pintora colombiana, y su vida, desgranada en este libro, una sucesión de horrores contados con una ligereza y una dulzura que hace que te los vayas tragando sin darte cuenta. Muertes, palizas, abandonos, campesinos, selvas, gobernadores a caballo, incendios, indios, ríos que se desbordan y páginas que queman. Nunca he leído una historia tan dura contada con tanta ligereza.
Y lo curioso es que Emma nunca fue consciente de ello. La historia está contada a través de las cartas que le escribió desde París, ya convertida en pintora, a uno de sus mejores amigos. El libro se publicó en 2012 después de la muerte de Emma y fue una sorpresa y un éxito editorial en Colombia.
A mí, que lo empecé solo porque vi el nombre de Leila Guerriero en la contraportada -la periodista argentina ha escrito el prólogo-, también me ha sorprendido y deslumbrado. Su belleza cruel. Eso es.

jueves, 16 de abril de 2015

LA CUARTA PARTE DEL MUNDO

Hoy fui al cine. Escogí una película mexicana. Vivo en una zona donde hay 45 salas de cine. En ellas tan solo se pueden ver películas estadounidenses. Las películas nacionales duran en cartelera a lo sumo una semana. Las salas que las proyectan están casi vacías. 
Me gusta escuchar música en el radio. Encontrar buena música mexicana es difícil. La mayor parte de las radiodifusoras emiten música proveniente del norte del Río Bravo... No digo que no me guste. Pero casi toda es igual.

Vivo al sur de la ciudad de México. Diego, mi hijo, dice que son "los suburbios". La zona está llena de franquicias: McDonald's, Kentuky Fried Chiken, Pizzas Dominos, Fridays, Shakeys Pizza, son una pequeña muestra de lo modificado que tenemos el gusto para comer fuera de casa cuando nuestra economía nos lo permite. Al decir esto recuerdo un texto de Stella Callonique leí en los días recientes, a propósito de la muerte de Eduardo Galeano: "En una de las varias entrevistas que pude hacerle en el periodo del aparenteesplendor neoliberal y de la globalización en nuestro continente, advertía que nunca el mundo había sido tan desigual. “Es una paradoja terrible que retrata el fin del siglo (XX) de no muy amable manera, donde se nos obliga a pensar todos iguales, a vestir todos iguales, a comer las mismas cosas. Incluso se ha ocupado el lugar de las comidas locales. Yo creo que hay que estar a favor de la autodeterminación en las comidas, como en todo, porque las comidas locales son una de las energías culturales más poderosas que los países contienen (…) nunca los pobres fueron tan pobres y nunca los naúfragos quedaron tan abandonados. Nunca habíamos visto esta homogeneización atroz que tiene por protagonista principal a la televisión. La gran uniformadora de costumbres es la televisión que nos lleva a no pensar con nuestra propia cabeza, a no sentir y nos hace incapaces de caminar con nuestras propias piernas. No estoy confundiendo el cuchillo con el asesino, la televisión es un instrumento, pero, tal como funciona y al servicio de quien funciona, cumple ese papel”.

Por eso, y habiendo tenido el privilegio de caminar por Argentina, atisbar desde las cataratas de Igazú a Brazil y Paraguay, después visitar Uruguay, Chile y Perú en la compañía de Eric y Luzma, habiendo escuchado de viva voz a Silvio Rodríguez, a Jorge Drexler, habiendo leído a Borges, Bioy Cazares, Vargas Llosa, Cortazar, Isabel Allende, Neruda, García Márquez, Fuentes, Paz, saboreado la maravillosa comida del chef Acurio, disfrutado la programación que dio origen al canal El Gourmet, donde conocí los diferentes nombres que reciben algunas frutas y verduras en los diversos países que conforman la América Latina y que todos nos deleitamos igual con el maíz o con el choclo, los frijoles o los porotos, encuentro que hay muy pocas cosas que nos permiten identificarnos y reconocernos. Estamos muy cerca y a la vez, muy lejos. 

Por eso, continuo con Galeano: No le pido que describa la lluvia aquella noche de la visitación del arcángel: le exijo que se moje. Decídase señor escritor, y por una vez al menos sea usted la flor que huele en vez de ser el cronista que aroma. Poca gracia tiene escribir lo que se vive. El desafío está en vivir lo que se escribe.

En este blog me propongo recorrer lo que Américo Vespucio denominó como LA CUARTA PARTE DEL MUNDO.
Mapa de Waldseemüller: “ab Americo Inventore ...quasi Americi terram sive Americam

Latinoamérica - Calle 13


¿Qué es América Latina?

Rouquié, Alan.
América Latina.
Introducción al Extremo Occidente.
Ed. Siglo Veintiuno. 
Primera edición. México, 1989.



¿Qué es América Latina?
Puede parecer paradójico comenzar a hablar de un "área cultural" mencionando la precariedad de su definición. Por singular que pueda parecer, el concepto mismo de América Latina representa un problema. No es inútil pues intentar precisarlo, recordar su historia y hasta criticar su uso. De empleo corriente hoy en la mayoría de los países del mundo y en la nomenclatura internacional, no tiene todo el privilegio del rigor. Un poco al estilo del más reciente y muy ambiguó "Tercer Mundo", ese término a veces parece ser fuente de confusión más que instrumento de delimitación preciso.
¿Qué se entiende geográficamente por América Latina? ¿El conjunto de los países de América del Sur y América Central? Desde luego, pero según los geógrafos México pertenece a América del Norte. ¿Quizá para simplificar debemos conformarnos con englobar bajo esta denominación a las naciones al sur del río Bravo? Pero entonces habría que admitir que Guyana y Belice donde se habla ingles y el Surinam de habla holandesa forman parte de América Latina. A primera vista se trata de un concepto cultural. Y nos inclinaríamos a pensar que cubre exclusivamente las naciones de cultura latina de América. Ahora bien, aunque con Quebec, Canadá sea infinitamente más latina que Belice y tanto como Puerto Rico, estado libre asociado de Estados Unidos, nunca nadie ha pensado incluirlo, ni siquiera al nivel de su provincia francohablante, en su subconjunto latinoamericano.
Más allá de estas imprecisiones, podríamos pensar en descubrir una identidad subcontinental fuerte, tejida de diversas solidaridades, ya sea que se refieran a una cultura común o a vínculos de otra naturaleza. Sin embargo la diversidad misma de las naciones latinoamericanas, amenaza con menospreciar esta justificación. La escasa densidad de las relaciones económicas, y hasta culturales, de naciones que durante más de un siglo de vida independiente se volvieron la espalda mirando deliberadamente hacia Europa o América del Norte, las enormes disparidades entre países -ya sea desde el ángulo del tamaño como del potencial económico o del papel regional-no favorecen una real conciencia unitaria, a pesar de las oleadas de retórica obligada que este tema no deja de provocar.
Por eso uno se interroga sobre la existencia misma de América Latina. De Luis Alberto Sánchez en Perú a Leopoldo Zea en México, los intelectuales se han planteado la cuestión sin dar respuesta definitive. Lo que está en tela de juicio no es sólo la dimensión unitaria de la denominación y la identidad que encierra frente a la pluralidad de las sociedades de la América llamada latina. En efecto, en ese caso, para poner el ácento en la diversidad y evitar cualquier tentación generalizante, bastaría con eludir la cuestión hablando, como por lo demás se ha hecho, de "Américas latinas". Este término tiene la ventaja de reconecer una de las dificultades, pero al precio de acentuar la dimensión cultural. Ahora bien, también plantea un problema.
¿Por qué latina?
¿Qué abarca esta etiqueta ampliamente aceptada hoy? ¿De dónde viene? Las evidencias del sentido común desaparecen pronto en el caso de hechos sociales y culturales. ¿Son latinas esas Américas negras descritas por Roger Bastide? ¿Latinas la sociedad de Guatemala donde el 50% de la población desciende de los mayas y habla lenguas indígenas, y la de las sierras ecuatorianas donde domina el quechua? ¿Latino el Paraguay guaraní, la Patagonia de los agricultures galeses, la Santa Catarina brasileña poblada de alemanes así como el sur chileno? En realidad se hace referencia a la cultura de los conquistadores y de los colonizadores españoles y portugueses para designar formaciones sociales de componentes múltiples. Se comprende así a nuestros amigos españoles y muchos otros que hablan más fácilmente de América hispana, y hasta, para no ignorar el componente de habla portuguesa del que es heredero el gigantesco Brasil, de Iberoamérica. En efecto el epíteto latina tiene una historia aun cuando Haití, francohablante en sus élites, puede hoy servir de coartada: aparece en Francia bajo Napoleón III, vinculado al gran designio de "ayudar" a las naciones "latinas" de América a detener la expansión de Estados Unidos. La desafortunada locura mexicana fue la realización concrete de esta idea grandiosa. La latinidad tenía la ventaja, al borrar los vínculos particulares de España con una parte del Nuevo Mundo, de dar a Francia legítimos deberes para con esas "hermanas" americanas católicas y romanas. Esa latinidad fue combatida por Madrid en nombre de la hispanidad y de los derechos de la madre patria, donde el término América Latina sigue sin tener derecho de ciudadanía. Estados Unidos, por su parte, opuso el panamericanismo a esa máquina de guerra europea antes de adoptar esa denominación vertical conforme a sus propósitos y que contribuyó a propagar.
Esa América conquistada por los españoles y los portugueses es bastante latina, al menos hasta 1930 en la formación de sus élites donde la cultura francesa reina exclusivamente. ¿Quiere esto decir que esa América sólo es latina por sus "preponderantes" y sus oligarquías, que la América del primer ocupante y de los de abajo que sólo recoge migajas de latinidad y resiste a la cultura del conquistador representa por sí solo la autenticidad del subcontinente? Los intelectuales de la década de los treinta, particularmente en los países andinos, que descubrían al indígena olvidado, desconocido, lo creyeron. Haya de la Torre, poderosa personalidad política peruana, propuso incluso una nueva denominación regional: "Indoamérica". Tendrá menos éxito que el indigenismo literario en el que se inscribe o el partido político de vocación continental al cual Haya dio origen. El indio no tiene mucho éxito en América ante las clases dirigentes. Marginado y excluido de la sociedad nacional, es culturalmente minoritario en todos los grandes estados e incluso en los de viejas civilizaciones precolombinas y de fuerte presencia indígena. Así, según el último censo (1980), de 66 millones de habitantes sólo había en México 2 millones de no hispanohablantes y menos de 7 millones de mexicanos que conocían una o varias lenguas indígenas. Podemos seguir soñando, con Jacques Soustelle, imaginando un México "que a semejanza del Japón hubiera podido conservar en lo esencial su personalidad autóctona sin dejar de introducirse en el mundo de hoy". No fue así, y ese continente está condenado al mestizaje y a la síntesis cultural.
No obstante, incluso en los países más "blancos" la trama indígena jamás está totalmente ausente y participa claramente en la conformación de la fisonomía nacional. Esa América, según la expresión de Sandino, es "indolatina".
Si bien la definición latina del subcontinente no abarca integral ni adecuadamente realidades multiformes y en evolución, no por ello podemos abandonar una etiqueta evocadora retomada hoy por todos y particularmente por los propios interesados ("nosotros los latinos"). Esos señalamientos tenían por único objetivo subrayar que el concepto América Latina no es ni plenamente cultural ni solamente geográfico. Utilizaremos pues ese término cómodo, pero con conocimiento de cause, es decir sin ignorar sus límites y sus ambigüedades. América Latina existe, pero sólo por oposición y desde fuera. Lo cual significa que los "latinoamericanos" en cuanto categoría no representan ninguna realidad tangible más allá de vagas extrapolaciones o de generalizaciones cobardes. Lo cual significa también que el término posee una dimensión oculta que complete su acepción.
Una América periférica. . .
A primera vista, nos hallamos frente a una América marcada por la colonización española y portuguesa (y hasta francesa en Haití) que se define por contraste con la América anglosajona. Así pues allí se habla español y portugués en lo esencial, a pesar de florecientes culturas precolombinas y hasta de núcleos inmigratorios recientes más o menos bien asimilados. Sin embargo la ausencia de Canadá (a pesar de Quebec) en ese conjunto y el hecho de que organismos internacionales como el SELA o el BID incluyan entre los estados latinoamericanos a Trinidad y Tobago, Las Bahamas y Guyana dan al perfil de la "otra Arnérica" una innegable coloración socioeconómica y hasta geopolítica.
Todas esas naciones, cualesquiera que sean su riqueza y su prosperidad, ocupan en efecto el mismo lugar en la discrepancia Norte-Sur. Aparecen en vías de desarrollo o de industrialización y ninguna forma parte del "centro" desarrollado. Dicho de otra manera, esos países se inscriben entre los estados de la "periferia" del mundo industrial. Pero tienen por añadidura varias particularidades comunes.
Todos dependen históricamente del mercado mundial como productores de materias primas y de bienes alimentarios (en ello el estaño de Bolivia no es diferente de la nuez moscada de Granada), pero igualmente del "centro", que determina las fluctuaciones de precios, les proporciona tecnología civil y militar, los capitales y los modelos culturales. Notable particularidad e innegable factor de unidad, todos esos países situados en el "hemisferio occidental" se hallan a diversos niveles en la esfera de influencia inmediata de la primera potencia industrial del mundo que es también la primera nación capitalista. Peligroso privilegio que ninguna otra región del Tercer Mundo comparte. A este respecto, los 3 000 kilómetros de frontera entre México y Estados Unidos constituyen un fenómeno único. La famosa "cortina de tortillas" que fascina a millones de mexicanos candidatos a la inmigración clandestina en el país más rico del planeta, forma una línea de demarcación a la vez cultural y socioeconómica excesivamente cargada de valor simbólico.
Quizá podríamos clasificar entre las naciones latinoamericanas a todos los países del continente americano en vías de desarrollo, independientemente de su lengua y su cultura, tan cierto es que a nadie se le ocurriría incluir en la opulenta América anglosajona a las Antillas anglohablantes o a Guyana. Tan cierto es también que en esa zona la política domina mucho más que la geografía-¿acaso el presidente Reagan no incluyó recientemente, en nombre de los eventuales beneficiarios de su iniciativa de la Cuenca del Caribe (Caribbean Basin Initiative), a El Salvador que sólo tiene fachada marítima en el Pacífico? En todo caso, ¿por qué no seguir a quienes, haciendo a un lado la geografía, proponen llamar "América del Sur" a la parte "pobre" y no desarrollada del continente ?
...que pertenece culturalmente a Occidente
Con relación al resto del mundo en desarrollo la singularidad del subcontinente "latino" también es flagrante. Forma parte, para emplear la frase de Valéry, de un mundo "deducido": una "invención" de Europa que por la conquista entró a la esfera cultural occidental. Las civilizaciones precolombinas, en crisis para algunos en el momento de la llegada de los españoles, no resistieron en efecto a los invasores que impusieron sus lenguas pero también sus valores y religión. Los propios indígenas y los africanos llevados como esclavos a ese "Nuevo Mundo" adoptaron bajo diversas formas sincréticas la religión cristiana. Brasil es hoy la primera nación católica del mundo. Todo ello da a la región un lugar aparte en el mundo subdesarrollado. Por ello América Latina aparece como el Tercer Mundo de Occidente o el occidente del Tercer Mundo. Lugar ambiguo si así puede decirse en el que el colonizado se identifica con el colonizador.
Así pues, no podría sorprendernos que el conjunto de los países latinoamericanos haya propuesto en la ONU, en 1982, contra el sentir de los países afroasiáticos recién descolonizados, que la organización internacional celebre a Cristóbal Colón y el "descubrimiento" de América. A diferencia de África o Asia, ¿acaso ese continente no es una provincia a veces lejana, cierto, pero siempre reconocible, de nuestra civilización, que ha ahogado, ocultado, absorbido los elementos culturales y étnicos preexistentes?
Ese carácter "europeo" de las sociedades de América Latina tiene consecuencias evidentes sobre el desarrollo socioeconómico de los países involucrados. La continuidad con Occidente facilita los intercambios culturales y técnicos que no tienen nir¦gún obstáculo lingüístico o ideológico. La fluidez de las corrientes migratorias del Viejo Mundo al Nuevo ha multiplicado las transferencias de conocimientos y capitales. Asimismo las naciones de América Latina aparecen en la estratificación internacional como una especie de "clase media", o sea en una situación intermedia. Entre las naciones en transición sólo una, Haití, pertenece al grupo de los países menos avanzados (PMA), en compañía de numerosos compañeros de infortunio asiáticos y africanos (pero con un ingreso per cápita igual a más del doble del de Chad o Etiopía). La mayoría de los grandes países de América Latina tienen economías semiindustriales (dada que la industria entra en un 20 o 30% en la composición del PNB) y los tres grandes, Brasil, México y Argentina, se sitúan entre los nuevos países industrializados (los NIC de la nomenclatura de la ONU). Los indicadores de modernización colocan a Brasil, México, Chile, Colombia, Cuba y Venezuela por encima dé los países africanos y de la mayoría de las naciones de Asia (salvo las ciudades-estados). A este respecto Argentina y Uruguay se hallan entre los países avanzados.
Si más allá de esos grandes rasgos, se buscan los factores de homogeneidad de un conjunto que no es ni Occidente ni el Tercer Mundo, pero que a menudo aparece como síntesis o yuxtaposición de los dos, nos damos cuenta de que casi todos proceden del exterior del subcontinente, sobre todo si volvemos a una acepción restrictive de América Latina, es decir esencialmente cultural y clásica: Las antiguas colonias de España y Portugal en el Nuevo Mundo.
Paralelismo de las evoluciones históricas
Si bien la existencia de una América Latina es problemática, si la diversidad de las sociedades y las economías se impone, si la separación de las diferentes naciones es un elemento básico de su funcionamiento, no por ello deja de ser cierto que una relativa unidad de destino, más sufrida que elegida, acerca a las "repúblicas hermanas". Puede leerse en las grandes frases de la historia, y percibirse en la identidad de los problemas y las situaciones a las cuales esas naciones se enfrentan hoy.
Las antiguas colonias de España y Portugal, políticamente independientes (con excepción de Cuba que no se emancipa sino hasta 1898) desde el primer cuarto del siglo XIX, están más cerca en eso de Estados Unidos que de los países recién descolonizados de África o Asia. Sin embargo, siglo y medio de vida independiente no podría hacer olvidar la profunda influencia de tres siglos de colonización (1530-1820 aproximadamente) que marcaron de manera irreversible las configuraciones sociales y labraron el singular destino de las futuras naciones.
A partir de la independencia, los estados del subcontinente recorren-con diferencias y retrasos en el caso de ciertos países-grosso modo trayectorias paralelas en las cuales aparecen períodos claramente discernibles.
Primeramente comienza para los estados recién emancipados lo que el historiador Tulio Halperín Donghi ha llamado la "larga espera", durante la cual la destrucción del Estado colonial no pérmite aún la instauración de un nuevo orden. Mientras a esas balbucientes naciones les es difícil hallar un papel a su medida, las repúblicas hispanas atraviesan largos períodos de turbulencias anárquicas donde se despliega el desorden depredador de señores de la guerra (los caudillos), y el Brasil independiente parece prolongar sin sobresaltos, bajo la égida de la monarquía unitaria de los Braganza y del emperador Pedro I, el statu quo colonial.
Entre 1850 y 1880, con raras excepciones concernientes a algunas pequeñas repúblicas de América Central o del Caribe, las naciones del subcontinente entran en la "edad económica", que algunos han bautizado como "orden neocolonial": Las economías latinoamericanas, y por consiguiente las sociedades, se integran al mercado internacional. Producen y exportan materias primas. Importan bienes manufacturados. Mecanismo esencial de la nueva división internacional del trabajo que se efectúa bajo la égida de Gran Bretaña, cada país se especializa en algunos productos, y a veces en uno solo.
Es entre 1880 y 1930 cuando ese nuevo orden alcanza su punto máximo. Los países del subcontinente viven en el apogeo de un crecimiento extravertido que lleva en sí la ilusión de un progreso indefinido en el marco de una dependencia aceptada por sus beneficiaries locales y racionalizada en nombre de la teoría de las ventajas comparativas. La crisis de 1929 pondrá fin a la embriagadora euforia de esta "bella época", de la cual la mayoría de los trabajadores está por supuesto excluida, al de sorganizar las corrientes comerciales. El final del mundo liberal es también el de la hegemonía británica. Estados Unidos, ya dominante en su traspatio caribeño, sustituirá la preponderancia del Reino Unido por la suya y se convertirá en la metrópoli exclusiva de toda la región. Asimismo el período que comienza es determinado por, las relaciones de América del Norte con los países de la región o, más precisamente, por los tipos de políticas latinoamericanas que Washington pone en práctica sucesivamente. Sin embargo paralelamente a esta periodización internacional, se inscriben fases económicas muy diferenciadas, sin que por lo demás pueda discernirse un lazo causal evidente.
Esta periodización sólo tiene valor de punto de referencia y su objetivo es subrayar que, más allá de las especificidades nacionales, algunos fenómenos comunes rebasan las fronteras. Las similitudes no se derivan simplemente de la historia, sin que se hallan igualmente en estructuras análogas y problemas idénticos.
Relaciones con
Estados Unidos
Modelo de 
desarrollo
1933-1960Política de buena vecindad, escasamente intervencionista.Industrialización autónoma que sustituye importaciones. Producción industrial destinada al mercado nacional y que sobre todo utiliza capitales nacionales.
1960Crisis de las relaciones interamericanas, en respuesta al desafío castrista; política de contención del comunismo, dado que el activismo de Estados Unidos adopta diversas formas, desde la ayuda económica hasta la intervención militar directa o indirecta.La sustitución de importaciones entra en crisis. Halla su límite en las capacidades tecnológicas y financieras de los países de la zona para la producción de bienes duraderos o de equipo. Se asiste a la "internacionalización de los mercados nacionales" a través del establecimiento de sucursales de las grandes sociedades multinacionales en la industria.

Semejanzas de las obligaciones y las estructuras
Las similitudes no podrían ser sobrestimadas. Con todo, historias paralelas han forjado realidades que, sin ser semejantes, tienen numerosos puntos comunes que las distinguen, por lo demás, de otras regiones del mundo desarrollado o subdesarrollado. Sólo mencionaremos tres: 1. La concentración de la propiedad de la tierra. La distribución desigual de la propiedad tertitorial es una característica común de los países de la región. Es independiente de la conciencia que de ella tienen los actores y no siempre aparece como una fuente de tensiones sociales o de debate político. No obstante el predominio de la gran propiedad agraria tiene consecuencias evidentes sobre la modernización de la agricultura, así como sobre la creación de un sector industrial eficaz. Afecta directamente la influencia social y por tanto el sistema político. El fenómeno de la gran propiedad va a la par con la proliferación de micropropiedades exiguas y antieconómicas. Si bien esta tendencia se remonta a la época colonial, no ha cesado hasta nuestros días: la conquista patrimonial continuada aparece como un elemento/situación permanente a escala continental a la cual sólo escapan las revoluciones agrarias radicales (Cuba). Algunos indicadores evaluados en cifras permitirán definir las ideas, a pesar del alcance necesariamente limitado de estadísticas que abarca el conjunto subcontinental tomado como un todo indiferenciado: el 1.4% de las propiedades de más de 1000 hectáreas concentraba hacia 1960 el 65% de la superficie total, mientras el 72.6% de las unidades más pequeñas-de menos de 20 hectáreas-sólo abarcaban el 3.7% de las superficies. Desde la publicación de estos datos es poco probable que se hayan dado cambios que puedan modificar su significado global.
2. La antigüedad de la independencia así como los modelos de desarrollo adoptados han determinado la singularidad de los procesos de modernización. Para resumir, a una industrialización tardía y escasamente autónoma correspondió una urbanización fuerte, anterior al nacimiento de la industria. El excesivo desarrollo del sector terciario de las economías es el efecto más aparente de una urbanización refugio, vinculada a los factores de expulsión del campo debidos a la concentración territorial.
No es casual que se prevea que de continuar la actual evolución, la ciudad de México y Sao Paulo serán en el año 2000 las dos ciudades más grandes del mundo, con 31 y 26 millones de habitantes respectivamente.
3. La amplitud de los contrastes regionales es también resultado de la urbanización concentrada, de las particularidades de las estructuras agrarias y de la industrialización. Así, dentro de cada país se reproduce el esquema planetario que opone un centro opulento a periferias miserables. Los contrastes internos son más flagrantes que en la mayoría de los países en vías de desarrollo. Al grado de que, tras haber descrito asépticamente estas disparidades bajo la etiqueta de "dualismo social", se ha llegado a hablar de "colonialismo interno". Por su parte, los sociólogos han avocado acertadamente la "simultaneidad de lo no contemporáneo", pero ésta no se limita a la pintoresca evocación de indios en la edad de piedra que viven a dos pasos de laboratorios científicos ultramodernos. En Brasil, el estado de Ceará en el nordeste ocupa el tercer lugar en el mundo, tras dos de los países menos avanzados, por la mortalidad infantil, ¡mientras Sao Paulo tiene la primera industria farmacéutica del continente, algunos de los hospitales más modernos del mundo y Río goza de una reputación internacional en cuanto a la cirugía estética! Para continuar con Brasil, "tierra de contrastes", si así se le puede llamar, un economista brasileño pudo decir con cierta razón que su país se parecía al Imperio británico en la época de la reina Victoria, si África, India y Gran Bretaña hubieran sido reunidos en un mismo territorio.
Podríamos intentar multiplicar las similitudes y las concomitancias. Los rasgos compartidos no están ausentes. No se limitan, como veremos en los siguientes capítulos, a esas características estructurales. El término América Latina, si se le da un contenido ampliamente extracultural, desigua pues una realidad discernible y específica. Sin embargo esta especificidad fuerte, innegable, rebasa las peripecias socioeconómicas. Se inscribe en el tiempo y el espacio regionales. Antes de formar parte del Tercer Mundo, esta América es el Nuevo Mundo "descubierto" en el siglo XV y conquistado en el XVI. Posee, según Pierre Chaunu, su tiempo propio, un "tiempo americano" "más denso, más cargado de modificación, por lo tanto que corre más rápido que el nuestro", producto de una "historia acelerada" hecha de una "gigantesca recuperación" que comienza con la prehistoria del continente, tardíamente poblado, probablemente por migraciones. Quizá podría pensarse asimismo en la pluralidad, en la variedad de ese "tiempo americano", y en su estiramiento, es decir en sus virtudes conservadoras. No sólo los indios neolíticos se rozan aquí o allá con las técnicas de punta del último cuarto del siglo XX, sino que las sociedades latinoamericanas aparecen como verdaderos conservatorios de formas sociales superadas en el resto del mundo occidental, incluso como "museos políticos" donde las sustituciones de élites se efectúan por yuxtaposición más que por eliminación. Por lo demás, ¿acaso no es cierto, como señalaba Alfred Métraux, que "las especies animales hoy extintas se han mantenido en América hasta una fecha mucho más reciente que en el Viejo Mundo"?
También se ha podido hablar de una "naturaleza americana", no sólo para subrayar la desmesura de los elementos y el gigantismo del espacio que no deben nada al hombre, sino para señalar la huella singular de éste en el paisaje. La naturaleza ha sido violada y agredida por la depredación y el desperdicio de una "agricultura minera" (René Dumont) que la ha dejado "no salvaje sino disminuida" (Claude LéviStrauss) y por tanto poco humanizada, a semejanza de un continente conquistado. Sobra decir cuánto nos equivocaríamos al ignorar los fenómenos transnacionales en el estudio de este conjunto regional.

DIVERSIDAD DE LAS SOCIEDADES, SINGULARIDAD DE LAS NACIONES
Un destino colectivo forjado por evoluciones paralelas, una misma pertenencia cultural a Occidente y una dependencia multiforme en relación con un centro único situado en el mismo continente: los factores de unidad rebasan fortaleciendo la sorprendente continuidad lingüística de la América de habla portuguesa y, a fortiori, de la América española; al llegar de nuestra Europa exigua y fraccionada siempre nos sorprende hallar la misma lengua y a veces la misma atmósfera de una capital a otra separada por cerca de 8 000 kilómetros y nueve horas de avión. Sin embargo a esta homogeneidad responde una no menos grande heterogeneidad de naciones contiguas. Las disparidades entre países saltan a la vista. Su tamaño ante todo. Es evidente que Brasil, quinto Estado del mundo por su superficie, gigante de 8.5 millones de km2, es decir igual a 15 veces Francia y 97 veces Portugal, su madre patria, no puede ni medirse ni confundirse con el "pulgarcito" del istmo centroamericano, El Salvador, más pequeño que Bélgica, con sus 21000 km2. Haciendo a un lado la variable lingüística que diferencia a Brasil de todos sus vecinos, podemos retener cierta cantidad de criterios sencillos que dan cuenta de la diversidad de los estados y las sociedades. En el caso de los primeros, la geopolítica domina, y sobre todo la situación en relación con el centro hegemónico norteamericano; en el de las segundas conviene tomar en cuenta los componentes etnoculturales de la población, y los niveles de evolución social, a fin de poner un poco de orden en el mosaico continental.
..."Tan cerca de Estados Unidos": potencias emergentes y "repúblicas bananeras"
Conocemos la triste reflexión del presidente Porfirio Díaz (1876-1911) sobre México: "[. . .] Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos." Sin duda sabía de qué hablaba, dada que la república imperial había amputado a su país la mitad de su territorio en 1848 durante la guerra que siguió a la anexión de Texas por Estados Unidos. Los actuales estados norteamericanos de California, Arizona, Nuevo México y, además de Texas, una parte de Utah, Colorado, Oklahoma y Kansas (o sea unos 2.2 millones de km2) pertenecían a México antes del tratado de Guadalupe Hidalgo.
La dominación de Estados Unidos es hoy particularmente notoria en este "Mediterráneo americano" que forman, entre el istmo centroamericano y el arco de las Antillas, el golfo de México y el mar Caribe. Ese mare nostrum es considerado por Washington como la frontera sur estratégica de Estados Unidos: supuestamente todo lo que afecta a esta zona afecta directamente la seguridad del país "líder del mundo libre". El control de los estrechos y del canal interoceánico, así como de los posibles trazados de nuevos pasos del Atlántico al Pacífico, es considerado vital para Estados Unidos: la comunicación marítima entre las costas este y oeste transforma, es cierto, el canal de Panamá en una vía de agua doméstica, mientras las líneas de comunicación con los aliados europeos serían puestas en peligro, según se dice, por una presencia hostil en el conjunto de las Grandes Antillas. Sea lo que fuere, los estados ribereños insulares o continentales están en libertad vigilada. La soberanía de las naciones bañadas por el "logo americano" está limitada por los intereses nacionales de la metrópoli septentrional. Desde Theodore Roosevelt, que no se conformó con "tomar Panamá", donde Estados Unidos impuso en 1903 el enclave colonial del canal, éste se ha arrogado un poder de policía internacional en la zona, ya sea controlando directamente las finanzas de estados en apuros, o haciendo desembarcar a los marinos para poner fin al "relajamiento general de los lazes de la sociedad civilizada" en los países vecinos meridionales. Por ello Nicaragua fue ocupada militarmente de 1912 a 1925, y luego nuevamente de 1926 a 1933, Haití de 1915 a 1934, la República Dominicana de 1916 a 1924. Finalmente, Cuba sólo se liberó del yugo español en 1898 para convertirse en semiprotectorado, dado que la enmienda Platt de 1901 impuesta por los vencedores de la guerra hispanoamericana preveía un derecho de intervención permanente de Estados Unidos en la isla cada vez que el gobierno no pareciera capaz de "garantizar el respeto a las vidas, los bienes y las libertades". Esta cláusula incorporada a la Constitución cubana presidió de hecho las relaciones desiguales entre ambos países hasta 1959.
Esta puntillosa hegemonía no cambió ni sus métodos ni sus objetivos a la hora de los misiles intercontinentales. Las tropas estadunidenses intervinieron en la República Dominicana en 1965 para evitar una "nueva Cuba", y en octubre de 1983 en la pequeña isla de Granada para echar a un gobierno de tipo castrista. La ayuda poco discreta de Washington a las guerrillas contrarrevolucionarias de Nicaragua hostiles al poder sandinista obedece a las mismas preocupaciones si no es que a los mismos reflejos. Más generalmente, la exasperación neocolonial estadunidense ha conducido a Estados Unidos a apoyar en la zona a cualquier régimen con tal de que fuera claramente proestadunidense y a derrocar o por lo menos a desestabilizar, a cualquier gobierno que intentaba sacudirse la tutela del hermano mayor, o afectaba sus intereses privados y más generalmente el modo de producción capitalista.
Además de su situación geoestratégica, los estados de la zona de influencia norteamericana, con excepción de México, son pequeños, de población reducida (el peligroso Nicaragua tiene menos de 3 millones de habitantes, ¡o sea aproximadamente el número de inmigrantes hispanos de Los Ángeles!), cuando no se trata de microestados como los que componen el polvo insular de las pequeñas Antillas: ¡es comprensible que Granada "la roja" y sus 120 000 habitantes no podían oponer mucha resistencia militar al cuerpo expedicionario de la primera potencia mundial! Es evidente que las posibilidades económicas de esos estados entre los cuales se hallan los más pobres y atrasados del subcontinente, no compensan ni su exigüidad ni su infortunio geopolítico. A causa de la importancia histórica de la monoexportación agrícola, algunas de esas repúblicas tropicales han recibido el sobrenombre despreciativo y cada vez menos exacto de repúblicas bananeras: dado que las grandes sociedades fruteras norteamericanas, la United Fruit, sus competidoras o sus filiales ejercieron allí durante mucho tiempo un poder casi absoluto. Todo lo contrario ocurre con los estados más alejados de America del Sur.
Los estados de la América meridional, con excepción de aquellos que, en la fachada caribeña son producto de una descolonización reciente (Guyana, Surinam) y que podríamos asimilar a las naciones del "Mediterráneo americano", son a la vez que lejanos de Estados Unidos, más grandes y más ricos: los dos más extensos de la región, Brasil y Argentina, son también los dos países más industrializados del subcontinente. Su voz cuenta, su autonomía política es antigua. Por lo demás, las naciones de América del Sur jamás han padecido alguna intervención militar directa de Estados Unidos, quien para con ellos utiliza estrategias más sutiles o por lo menos más indirectas. Pero también la fascinación del American way of life se da en menor medida, y vigorosas culturas nacionales, además de la influencia preservada de Europa, hacen fracasar allí una "cocacolonización" a la cual raros países escapan más al norte en esta América intermedia donde Washington dicta la ley.
De esta "clase media" a la cual pertenece igualmente México-que a pesar de Porfirio Díaz y la fatalidad geográfica, cuenta con la fuerza de sus 2 millones de km2, sus aproximadamente 80 millones de habitantes y su personalidad cultural y política-se desprenden estados capaces de individualizarse en la escena internacional y cuyo perfil propio se destaca claramente sobre un conjunto latinoamericano condenado todavía ayer a la imitación y aún hoy en mucho al anonimato bajo una tutela paternal y condescendiente. Así vemos surgir potencias medias que a veces aspiran a desempeñar un papel regional y hasta extracontinental. Sin embargo ningún determinismo da cuenta directamente de ese vigoroso avance. La presencia de un valorizado en el mercado mundial o una coyuntura favorable pueden elevar a un país a la categoría de los "grandes" del subcontinente: recientemente ése fue el caso de Venezuela, promovida por el boom petrolero. La ruptura con la metrópoli, una inversión de alianza o de sujeción pudieron dar a un pequeño país una situación sin relación con su importancia específica: fue el caso de la Cuba castrista, a partir de 1960, y la Nicaragua sandinista parece querer seguir hoy, en un registro menor, el peligroso camino tomado por su hermana mayor.
Si bien la clasificación de los estados está sujeta a las modificaciones de la historia, la de las sociedades es más estable y quizá más significativa para nuestro propósito.
Clima, población y sociedades.
No es fácil dividir subconjuntos regionales que tengan alguna coherencia en el continente, dada que la historia a menudo contradice la geografía. Así, Panamá, ex provincia colombiana, al igual que México no forma parte de América Central que se reduce a los cinco estados federados duranta la independencia en el territorio de la capitanía general de Guatemala. Lo cual no impide que entre América del Sur y Estados Unidos exista por imposible que parezca una "América media", zona de transición y de un establecimiento humano antiguo, lugar de brillantes civilizaciones precolombinas en tierras de un volcanismo que no ha dicho su última palabra, y que desde todos los puntos de vista posee una personalidad propia. En América del Sur generalmente se distingue una América templada que ocupa el "cono sur" del continente y que comprende a Argentina, Uruguay y Chile, que por su clima, sus cultivos y su población es la parte más cercana al Viejo Mundo, y una América tropical, en donde generalmente se clasifica a los países andinos, Paraguay y Brasil. Por lo demás este último difícilmente se deja etiquetar. País continente que tiene fronteras con todas las naciones sudamericanas, excepto Ecuador y Chile, comprende en efecto un sur templado, poblado de europeos que se dedican a cultivos mediterráneos. Sin embargo Chile, país andino si lo es, parece más templado que tropical; en cuanto a Bolivia, andina ciertamente, también es parcialmente tropical, pero vinculada históricamente a la América templada, mientras que Colombia y Venezuela son a diferentes grados a la vez andinos y caribeños. Puede verse la dificultad de establecer esas clasificaciones.
Podemos pensar que la población es un indicador mejor y más manejable para una tipología rigurosa. Es cierto que se encuentra cierta correspondencia entre climas y poblaciones, en conexión sobre todo con los tipos de culturas históricamente privilegiadas. En efecto la distribución regional de los tres componentes de la población americana-el sustrato amerindio, los descendientes de la mano de obra esclava africana, y la inmigración europea del siglo XIX-dibuja zonas de dominante identificable. Decimos dominante, pues las naciones mestizas son las más numerosas y, a menudo, en sociedades de población compleja, se yuxtaponen espacios étnicamente homogéneos. Así, en Colombia, los resguardos indígenas de las "tierras frías" de altura a menudo están en contacto con los valles "negros" de las "tierras calientes". Groseramente, podemos sin embargo distinguir: una zona de densa población india que abarca la América media y el noroeste de América del Sur, donde florecieron las grandes civilizaciones; de las Américas negras al noreste en el perímetro caribeño, Antillas y Brasil, ligadas a la gran especulación azucarera de la época colonial sobre todo; y finalmente un sur, pero sobre todo un sureste "blanco", tierra templada que recibió a la mano de obra libre europea, que se diseminó allí a partir del último cuarto del siglo XIX.
Utilizando las mismas variables, el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro ha propuesto una tipología que no carece de atractivo aun cuando podamos juzgarla ideológicamente artificiosa. Distingue tres categorías de sociedades: los pueblos testigos, los pueblos trasplantados y los pueblos nuevos. Los pueblos testigos en sus variedades mesoamericana o andina , son los descendientes de las grandes civilizaciones azteca, maya e inca. Corresponden pues a esos países donde la población de indígenas es relativamente elevada, lo cual significa entre otras cosas que una importante fracción de la población habla otra lengua vernácula y que en las comunidades autóctonas ha hecho poca mella la civilización europea. Así ocurre en el caso de la América media, Guatemala con cerca de 50% de indígenas, pero también Nicaragua o El Salvador que sólo cuenta con el 20%, muy aculturados, u Honduras con menos del 10% (cifras que deben manejarse con todas las reservas que merece la definición de indígena en ese continente). México igualmente con apenas el 15% de ciudadanos que hablan una lengua india pero que tiene concentraciones muy grandes en algunos estados del sur (Oaxaca, Chiapas, Yucatán), y reivindica el pasado de los "vencidos" en su ideología nacional. En la zona incaica, los indígenas que hablan quechua y aymará constituyen hasta el 50% de la población de Pecú, de Bolivia y de Ecuador, también allí con grandes concentraciones en las zonas rurales montañosas.
Los pueblos transplantados, forman la América blanca: simétricos de los angloamericanos del norte, son los rioplatenses de Uruguay y Argentina. En esas tierras de población reciente donde indígenas nómadas de escaso nivel cultural fueron despiadadamente eliminados antes de la oleada inmigratoria, nació una especie de Europa austral. Sin embargo esos espacios aparentemente abiertos, al igual que Nueva Zelanda, Australia o Estados Unidos, presentan características sociales diferentes, lo cual explica su evolución posterior. Su singularidad es fuerte. Los argentinos se enorgullecían a principios de siglo de ser el "único país blanco al sur de Canadá". Y esas prolongaciones del Viejo Mundo que por mucho tiempo ignoraron el continente no se sentían muy "sudamericanas" que digamos sino hasta fechas recientes.
Finalmente los pueblos nuevos, entre los cuales Darcy Ribeiro coloca a Brasil, Colombia, Venezuela, así como a Chile y las Antillas, son producto del mestizaje biológico y cultural. Para él, allí está la verdadera América, aquella, donde en el crisol racial de dimensiones planetarias, se forja la "raza cósmica" del futuro cantado por José Vasconcelos. Esa clasificación, incluso así jerarquizada, posee cierta lógica y contribuye a dar una apreciación global más clara de la rosa de los vientos latinoamericana.
Sin querer multiplicar las clasificaciones, no es inútil introducir una última, basada en la homogeneidad cultural y la importancia del sector tradicional de la sociedad. Estas tipologías son tan arbitrarias como los criterios elegidos para construirlas, pero indudablemente son indispensables para aportar los matices necesarios para un estudio transversal de los fenómenos sociales continentales.
Si se toma camo indicador la más o menos grande homogeneidad cultural, estimándosela en función del grado de integración social y de la existencia de una o varias culturas en el seno de la sociedad nacional, es posible discernir tres grupos:
-Homogéneos: Argentina, Chile, Uruguay; en un menor grade Haití, El Salvador y Venezuela.
-Heterogéneos: Guatemala, Ecuador, Bolivia, Perú.
-En vias de hamogeneización: Brasil, México, Colombia. Los criterios de semejante clasificación pueden ser considerados eminentemente subjetivos. El grado de tradicionalismo puede medirse mejor pues las más de las veces coincide con la importancia del sector agrario y del analfabetismo. Bajo este ángulo estarían los países más tradicionales como: Haití, Honduras, Paraguay, El Salvador, Guatemala y Bolivia, mientras serían modernas las sociedades de Argentina, Chile, Uruguav, Colombia y Venezuela o Cuba.
La multiplicación de las tipologías permite circunscribir cierta cantidad de países en los dos extremos de la cadena; da una idea aproximativa, grosera, es verdad, pero útil, de las diferencias y, por consiguiente, del abanico de realidades sociales heterogéneas que se ocultan bajo la etiqueta abarcatodo de América Latina, sin por ello ceder a los espejismos del particularismo nacional y de la singularidad histórica. Dos dimensiones capitales que sin embargo no proporcionan las claves que buscamos, ya que éstas sólo pueden provenir de un incesante vaivén entre los múltiples niveles de una aprehensión global de las similitudes y las diferencias, de lo continental a lo local pasando por la nación y la región.


ORIENTACIÓN BIBLIOGRÁFICA
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